

Sin duda alguna, muchos latinos —y entre ellos me cuento— creímos que el regreso de Donald Trump a la Casa Blanca, en su segundo mandato, significaría una política migratoria fuerte, pero enfocada en quienes realmente representan un peligro para la sociedad: delincuentes, pandilleros, personas que violan la ley y que con su comportamiento afectan la imagen de millones de migrantes que llegaron a este país para trabajar y construir un mejor futuro. Aunque pocos lo digan públicamente, muchos hispanos esperábamos que la mano dura del presidente Trump estuviera dirigida contra los malos migrantes, aquellos que nadie quiere tener en Estados Unidos porque ponen en riesgo la seguridad y la tranquilidad de nuestras comunidades.
PERO NO FUE ASÍ
Sin embargo, la realidad terminó siendo muy distinta. Las redadas y deportaciones comenzaron, pero rápidamente quedó claro que no existía una diferencia entre el delincuente y el trabajador honesto. Se metió a todos en el mismo saco. Personas con años viviendo en Estados Unidos, padres y madres de familia, trabajadores que pagan impuestos, gente sin antecedentes penales y con una vida construida en este país empezaron a ser detenidos y deportados con el mismo rigor aplicado a quienes sí habían cometido delitos.
¡GRAN DECEPCIÓN!
Nadie puede discutir el derecho soberano que tiene Estados Unidos de hacer cumplir sus leyes migratorias. Es una facultad legítima de cualquier nación. Pero una cosa es aplicar la ley y otra muy distinta es desconocer las diferencias entre quienes representan una amenaza y quienes, por el contrario, han contribuido al desarrollo económico y social de este país. Paradójicamente, muchos de los que apoyaron a Trump eran inmigrantes legales o miembros de familias migrantes que creían en un sistema más justo y ordenado, no en una política que terminara castigando indiscriminadamente a quienes nunca fueron el problema. Hoy la incertidumbre se ha apoderado de miles de hogares latinos. El miedo ya no distingue entre el trabajador y el criminal. Basta con estar indocumentado para convertirse en objetivo de una deportación. La historia demuestra que gobernar con firmeza no significa gobernar sin criterio. La seguridad nacional y el control migratorio son compatibles con la justicia, la proporcionalidad y el respeto por quienes han demostrado, con años de trabajo y esfuerzo, que su único delito fue buscar una oportunidad.
TRISTE REALIDAD …
Muchos latinos depositaron su confianza en Donald Trump esperando una política migratoria más inteligente, enfocada en sacar del país a quienes realmente hacían daño. Lo que encontraron fue una estrategia mucho más amplia, que terminó alcanzando también a quienes nunca debieron ser considerados una amenaza.
- Por eso hoy, más que seguidores o detractores, existen (existimos, diría yo) muchos decepcionados de Donald Trump.



